“¿Dónde estudiaremos?”, se preguntaban los alumnos por las calles de la capital. Primero los enviaron a un terreno que el colegio tenía fuera de la ciudad. Al lugar lo llamaban “la chacrita de los colegiales”. ¿Sabés dónde estaba ubicado? Donde hoy está el Cementerio de la Chacarita. Ahí permanecieron un par de años, hasta que se mudaron a la espaciosa casa de un rico vecino, Don Riglos, que vivía al lado del Cabildo.
¿Y las chicas?
En general, las clases se impartían solo a los varones, aunque a partir de fines del siglo XVIII, y en algunas provincias, se establecieron escuelas para huérfanas y niñas. Los esclavizados afrodescendientes no podían recibir ninguna clase de enseñanza, excepto la cristiana, y solo una vez por semana.
¡Ay!
Los maestros de escuela solían castigar las faltas de estudio o disciplinarias de sus alumnos con un golpe de palmeta en los nudillos de la mano.




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